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El privilegio de ser abuela

Susana Cepeda Islas 

Uno de los desafíos más importantes a los que me enfrenté en mi vida, en todos los sentidos, ha sido convertirme en abuela. Nunca imaginé representar ese personaje en el escenario cotidiano; asumirlo es un gran reto. Hoy comprendo que el temor que sentí cuando supe que sería abuela no tenía razón de ser. Mi nieta me ha enseñado a mirar el mundo de forma diferente y a disfrutar plenamente los momentos que pasamos juntas. Sus risas, sus alegrías, sus temores, sus tristezas y sus decepciones llenan mi corazón. Ser abuela es una experiencia maravillosa, un privilegio que me brinda la oportunidad de vivir nuevas emociones. Es amar sin condiciones, acompañar sin imponer, consentir con ternura y orientar con paciencia. Pero, quizá, el regalo más valioso es convertirme en su confidente y su cómplice, construyendo con ella recuerdos que el tiempo jamás podrá borrar.

Etimológicamente la palabra abuelo viene del latín avolus, que significa antepasado o adulto mayor miembro de la familia. En las sagradas escrituras los abuelos son esenciales para el plan de salvación de Dios para toda la humanidad. En Proverbios 17:6se lee: “La corona de los ancianos son los nietos, y la honra de los hijos, sus padres”. Por esta razón, los abuelos son importantes en el núcleo familiar, ya que transmiten anécdotas, historias y sus raíces culturales, es decir, las tradiciones. Son los pilares de la familia sobre los cuales se construye la identidad familiar.

Existen diferentes tipos de abuelos, los enojones, indiferentes y los consentidores. Sin embargo, a quienes deseo referirme son aquellos que representan dignamente el amor incondicional, ese cariño profundo que se brinda de manera libre, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. Es un amor en el que se valora a la persona tal y como es; una aceptación plena que deja de lado las expectativas y busca únicamente el bienestar de los demás. Tener la dicha de contar con abuelos fortalece, sin duda, a toda la familia.

Los nietos suelen transformar la palabra abuelo en apodos cariñosos como: Abue o Abu, Welito o Welita; Tito o Tita; Nono o Nona; Yayo o Yaya; Lito o Lita; Nana o Tata, entre otras formas afectuosas de nombrarlos. Es fantástico desempeñar el rol de abuelo, porque la educación corresponde directamente a los padres. Recuerdo que, Armando Fuentes Aguirre, “Catón”, afirma con gran sabiduría que los nietos son un regalo que Dios nos da por aguantar a los hijos durante la adolescencia.

Los abuelos son una fuente inagotable de enseñanzas. De ellos aprendemos valores, costumbres y afectos. También nos dan lecciones de como valorar el tiempo, la amabilidad, las recetas familiares, la música y los refranes; pero, sobre todo, nos muestran cómo disfrutar el presente. Son expertos en traer de vuelta el tiempo pasado a través de historias maravillosas que despiertan en los nietos el interés y amor por la historia familiar.

En la actualidad los abuelos ya no responden al estereotipo tradicional.  Gracias al aumento de la esperanza de vida, muchos son más activos, conservan una imagen juvenil, trabajan, viajan, hacen ejercicio, participan en grupos culturales y utilizan las redes sociales. Además, el manejo de la tecnología les permite mantenerse comunicados a distancia y acceder a una mayor información y a disfrutar de nuevas formas de entretenimiento.

Con el paso de los años comprendí que los abuelos no solo envejecen; también viven en el corazón de sus nietos. En ese lugar permanecen sus palabras, sus inquietudes, sus risas y sus abrazos. Tal vez por eso la vida nos concede el privilegio de ser abuelos: para descubrir que el amor, lejos de agotarse, se multiplica. Y cuando un nieto toma nuestra mano y nos llama con uno de esos nombres cariñosos que solo él inventó, entendemos que la verdadera riqueza de la vida no se mide en lo que hemos logrado, sino en el amor que sembramos en sus corazones.

 

 

El arte de llamar la atención

Susana Cepeda Islas

Me encontraba en una reunión casual, cuando llamó mi atención la actitud de dos personas que parecían disputarse el papel principal de la conversación. Ambas buscaban convertirse en el centro de atención. Aquella escena me hizo recordar mi infancia: cuando discutía con alguna amiguita, y quería demostrar que tenía razón o que era superior, solía decir que mi papá era el mejor, que tenía la bicicleta más bonita, o la ropa de moda. El objetivo era simple: demostrar a los demás de que yo poseía más cosas que ella. De alguna manera, la discusión que observaba en aquella reunión no era distinta.

Si la conversación giraba en torno a las parejas, cada una aseguraba tener el mejor esposo. Si se hablaba de solidaridad, ambas se apresuraban a destacar cuánto ayudaban a los otros. Más que un intercambio de ideas parecía una competencia silenciosa por demostrar quién merecía mayor reconocimiento. No cabe la menor duda que existen distintas formas de protagonismo social. Algunas pueden ser positivas, cuando inspiran, guían o contribuyen al bienestar colectivo. Otras, en cambio, resultan nocivas cuando la necesidad de destacar se convierte en una búsqueda constante de aprobación o reconocimiento. En estos casos, el deseo de sobresalir puede conducir a actitudes egocéntricas, exageraciones o estrategias de manipulación destinadas a captar la atención de los demás.

La psicología ha estudiado ampliamente la necesidad excesiva de reconocimiento. En sus manifestaciones más intensas puede relacionarse con diversos rasgos de personalidad y, en ciertos casos, con trastornos específicos que requieren evaluación profesional. Los especialistas señalan que factores como el estilo de crianza, las experiencias familiares, las carencias afectivas o determinados antecedentes personales pueden influir en la manera en que las personas construyen su autoestima y buscan validación externa. Quienes viven pendientes de la aprobación ajena suelen experimentar una necesidad constante de sentirse valorados. Para conseguirlo, algunas personas exageran sus logros, magnifican problemas, dramatizan situaciones o intentan impresionar mediante relatos que las coloquen en el centro de la escena. Los elogios y el reconocimiento se convierten entonces en una fuente indispensable de satisfacción emocional.

Es muy frecuente encontrarnos con este tipo de conducta. Lo más recomendable es no tomar sus actitudes como algo personal. Muchas veces no se tratan de ataques dirigidos específicamente a alguien, sino formas aprendidas para gestionar las emociones y obtener validación. Por lo tanto, no es conveniente caer en provocaciones o en enojos, estas confrontaciones suelen alimentar el mismo comportamiento que se pretende evitar. Resulta más útil responder con serenidad, establecer límites claros y mantener una comunicación firme y respetuosa. El lenguaje directo, la tranquilidad y la capacidad de no dejarse arrastrar por provocaciones son herramientas eficaces para evitar dinámicas desgastantes. En algunos casos, cuando la relación se vuelve especialmente complicada, también es válido tomar distancia y proteger la propia tranquilidad emocional.

Después de todo, la verdadera importancia de una persona no se mide por la cantidad de atención que logra atraer, sino por la huella que deja en quienes la rodean. Quien necesita anunciar constantemente sus virtudes suele demostrar inseguridad; quien las practica en silencio permite que sean los demás quienes las reconozcan. Es mejor actuar con este tipo de personas de manera clara y directa, poner límites, ser firmes y exigir respeto. Obviamente no reforzar sus comportamientos, así evitamos caer en la manipulación. Es muy útil el lenguaje directo y una voz neutral. Es necesario huir de sus trampas. En casos extremos es mejor mantener la distancia, dedicar tiempo a relajarse.

Vivimos en una época que premia la visibilidad, pero no siempre la relevancia. Ser visto no es lo mismo que ser valioso, y la búsqueda obsesiva de atención puede alejarnos de lo que realmente importa: construir relaciones auténticas.

 

Nunca es tarde

Susana Cepeda Islas

Las cosas que valen la pena llegan cuando es su tiempo, no antes ni después. No importa cuánto tarden: horas, días, meses o años. Con frecuencia sucede que, en algún momento de la vida, deseamos realizar algo, pero no lo hacemos por uno o varios motivos. Sin embargo, no importa la edad que se tenga para empezar de nuevo; lo importante es tomar una decisión, aprender algo nuevo, corregir un error o cambiar radicalmente de rumbo para alcanzar nuevas metas. A veces la espera puede ser larga, pero lo verdaderamente importante es que aquello que anhelamos llegue.

Debemos atrevernos a elegir nuestro camino, porque eso nos permite tener el control de nuestro destino. Según el diccionario de la Real Academia Española, decidir es formar juicio resolutorio sobre algo dudoso o contestable. Formar el propósito de hacer algo. Etimológicamente la palabra proviene del latín decidere, que significa “cortar” o “separar”. Tomar una decisión es renunciar al camino transitado y emprender otra dirección. En la biblia se hace referencia al libre albedrío y al discernimiento. Se plantea la posibilidad de elegir entre dos caminos: la voluntad de Dios y sus mandamientos, o dejarse llevar por los propios deseos. De igual forma, en la vida siempre hay opciones: vida o muerte, bendiciones o maldiciones, la elección está en nuestras manos.

Decidir nos conduce a resolver y solucionar. Es, en definitiva, elegir de entre varias alternativas aquella que consideramos más conveniente en determinado momento. Para tomar una buena decisión es necesario reflexionar con conciencia, poner sobre la mesa tanto las ventajas como las desventajas y asumir la responsabilidad de las consecuencias que puedan derivarse de ella. Nunca conviene decidir por impulso o cuando las emociones están a flor de piel. Tomar buenas decisiones es fundamental para vivir con plenitud.

También es importante conocerse, saber nuestras habilidades y limitaciones. Debemos dejar atrás el pasado, que ya no existe, concentrarnos en el presente que estamos construyendo y no angustiarnos intentando predecir el futuro. Desafortunadamente, en los tiempos modernos pocas veces se nos anima a utilizar la intuición, esa capacidad de comprender, percibir o decidir algo de manera clara sin que se analice, en otras palabras, escuchar la voz interior. En ocasiones, una forma útil de enfrentar un problema es plantearlo desde una perspectiva diferente para apreciar la situación de otra manera y encontrar nuevas respuestas. Lo que recomiendan los estudiosos del tema es preguntarse ¿qué harías si fueras otra persona? Imaginar otras posibilidades suele abrir caminos que antes no veíamos. Una vez tomada la decisión es importante vacunarte contra la presión social. Lo más importante eres tú, tus objetivos, y lo que deseas obtener con esa decisión. Lo que menos importa es el qué dirán.

Por ello, las decisiones deben tomarse de acuerdo con los propios valores y convicciones, y no únicamente para satisfacer las expectativas de los demás. Lo verdaderamente importante es que seas tú quien decida, de acuerdo con tus valores, objetivos, metas y sobre todo propósito de vida. Existe una frase anónima que dice: “La vida no avisa cuando pasa… simplemente se desliza entre nuestros días, y cuando intentamos sujetarla, descubrimos que muchos años ya se han ido.” Por eso, toma la decisión de luchar por tus sueños. No cuentes los años que hayan pasado sin haber alcanzado aquello que deseas. Recuerda que nunca es tarde para comenzar y que la persona más importante en tu vida eres tú.

Coahuila envía un mensaje claro y contundente

Susana Cepeda Islas

 El pasado domingo 7 de junio, los coahuilenses acudimos a elegir a nuestros representantes locales.  Los resultados favorecieron a la alianza PRI-UDC, que obtuvo el triunfo en los 16 distritos de mayoría relativa, de acuerdo con los datos del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP). Mas allá de los números, el resultado deja un mensaje político para ser analizado.

Mientras el partido en el poder y sus aliados tratan por todos los medios de consolidar y perpetuar su presencia política, en Coahuila la mayoría de los ciudadanos decidió apoyar y respaldar la opción por la paz. Este comportamiento refleja que los coahuilenses valoran la realidad estatal y que, al momento de votar, compararon las condiciones locales con las que viven otras regiones del país.

Son numerosos los temas en los que el gobierno federal no ha cumplido y mantiene estas asignaturas pendientes. Entre ellos destaca la seguridad pública, tema que más preocupan a los mexicanos. Las cifras en este rubro continúan mostrando desafíos importantes en materia de homicidios, desapariciones e impunidad. Aunque ningún estado está exento de problemas, Coahuila ha logrado construir una percepción de mayor estabilidad y tranquilidad en comparación con otras entidades. Para muchos ciudadanos, preservar esas condiciones es una prioridad.La salud pública es otro desafío nacional. El desabasto de medicamentos, la insuficiencia de infraestructura hospitalaria y la creciente demanda de servicios médicos han generado preocupación entre los amplios sectores de la población. A ello se suman enfermedades crónicas como la diabetes, el cáncer y los padecimientos cardiovasculares, que exigen sistemas de salud más eficientes y con mayor presupuesto.

También existe inquietud respecto al debilitamiento de los contrapesos institucionales.La desaparición de diversos organismos autónomos ha generado debates sobre transparencia, rendición de cuentas y la capacidad técnica del Estado para supervisar áreas estratégicas. Independientemente de las posiciones ideológicas, estos temas son fundamentales para la calidad de la democracia mexicana, que es y será el mejor instrumento para expresar acuerdos, desacuerdos y expectativas.

Por otra parte, la corrupción continúa siendo uno de los principales desafíos del país. La demanda ciudadana de gobiernos honestos, transparentes y eficaces sigue siendo una constante, sin importar el partido político que ocupe el poder. La confianza en las instituciones se construye con resultados y con la aplicación imparcial de la ley.Los resultados electorales en Coahuila pueden interpretarse como una expresión de la voluntad ciudadana de conservar aquello que considera valioso y, al mismo tiempo, como una exigencia para que las autoridades continúen mejorando. La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones, sino en responder a las expectativas de quienes depositan su confianza en el voto.

El domingo 7 de junio las urnas se cerraron y los números hablaron. Detrás de cada sufragio hubo una esperanza, una preocupación y una visión de futuro. Coahuila decidió su rumbo y envió un mensaje que trasciende la coyuntura electoral: los ciudadanos desean vivir en paz, con oportunidades y con instituciones que respondan a sus necesidades. La verdadera victoria no se encuentra en los resultados de una elección, sino en la capacidad de los gobiernos para transformar la confianza ciudadana en bienestar, seguridad y desarrollo. Se ha enviado un mensaje claro: los coahuilenses observan, comparan, evalúan y deciden. En una democracia madura, esa es la mayor fortaleza de la ciudadanía y la esencia misma del voto. 

El sentido común y la crisis de la sensatez política

Susana Cepeda Islas

Años atrás, François - Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, escribió una frase que conserva plena vigencia en la actualidad: “El sentido común es el menos común de los sentidos”. Esta afirmación invita a reflexionar sobre una facultad esencial del ser humano que, paradójicamente, suele ser ignorada en la vida cotidiana y, con mayor gravedad, en los espacios de decisión pública. El sentido común no requiere conocimientos especializados ni capacidades extraordinarias; forma parte de la experiencia humana y se manifiesta en la posibilidad de actuar con prudencia razonamiento y equilibrio frente a las circunstancias de la vida. A lo largo de la historia, numerosos pensadores han intentado definir este concepto desde distintas perspectivas filosóficas. Algunos lo relacionan con la inteligencia práctica de los individuos; otros lo entienden como un conjunto de creencias y explicaciones construidas a partir de la experiencia personal y la sabiduría popular. Asimismo, existen posturas que lo consideran una facultad indispensable para orientarse adecuadamente en la práctica y para establecer relaciones armónicas dentro de la sociedad.

Entre los filósofos que profundizaron en este tema destaca el escocés Tomas Reid ((1719-1796), considerado el principal representante de la Escuela Escocesa del Sentido Común.  Reid dedicó gran tiempo de su obra a analizar esta noción y sostuvo que el sentido común constituye en principio una forma de percibir, razonar y actuar inherente a los seres humanos maduros, independientemente de la época o la cultura a la que pertenezcan. Según este planteamiento, el sentido común se sustenta en principios básicos que permiten emitir juicios razonables y orientar adecuadamente las acciones humanas. José Prado recupera estas ideas en La filosofía del sentido común. Breve antología de textos de Thomas Reid, donde destaca la importancia de esta facultad en la construcción del juicio, oral y social. En la propuesta filosófica de Reid sobresale un elemento central: la sensatez. Esta puede entenderse como la capacidad de actuar con prudencia, madurez y equilibrio en la toma de decisiones. La sensatez implica reconocer los límites de nuestras acciones y comprender que toda conducta humana posee consecuencias individuales y colectivas. Desde esta perspectiva, el sentido común no es únicamente una herramienta intelectual, sino también una guía ética para la convivencia social.

 Sin embargo, en la realidad contemporánea es frecuente observar conductas alejadas de la prudencia y del juicio razonable. El individualismo, la intolerancia, la ira y la ambición desmedida suelen desplazar al sentido común y conducir a escenarios de confrontación y deterioro social. Reid sostiene que el hombre justo es aquel que no perjudica a sus semejantes y concede a cada quien lo que le corresponde. Esta afirmación conserva una profunda relevancia, pues recuerda que el bienestar personal no puede construirse a costa del daño hacia los otros. En este contexto, el sentido común adquiere una importancia fundamental en el ejercicio de la política. Los líderes políticos tienen la responsabilidad de actuar con sensatez y de orientar sus decisiones hacia el bienestar colectivo. Gobernar implica comprender la complejidad de los problemas sociales y responder a ellos con responsabilidad, conocimiento y prudencia. Cuando el ejercicio del poder se aparta del sentido común, las consecuencias suelen reflejarse en el debilitamiento de las instituciones, en la desconfianza ciudadana y en el deterioro de las condiciones sociales, económicas y culturales.

Resulta preocupante observar cómo, en múltiples ocasiones, las decisiones políticas responden más a intereses personales, impulsos emocionales o estrategias improvisadas, que a una reflexión sensata sobre sus efectos sociales. La falta de planeación, el incumplimiento de la ley, el nombramiento de funcionarios sin experiencia y la incapacidad para construir acuerdos evidencian la ausencia de sensatez en la conducción pública. El costo de estas acciones recae inevitablemente sobre la sociedad, particularmente sobre los sectores más vulnerables. No debemos olvidar que el sentido común debe entenderse como una condición indispensable para la convivencia democrática y para el fortalecimiento de las instituciones. No se trata únicamente de una capacidad individual, sino de una práctica social sustentada en la prudencia, el respeto y la responsabilidad. En tiempos marcados por la polarización, la intolerancia y la improvisación política, es necesario recuperar el valor del sentido común porque representa una necesidad urgente para preservar el equilibrio social y fortalecer la vida pública.

 

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