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Desde mi escritorio: ¿Y si, sí?

Héctor Reyes

Hay victorias que entregan tres puntos. Otras, en cambio, devuelven algo mucho más valioso: la ilusión.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con la Selección Mexicana de Fútbol, en este Mundial. Después de la actuación de este miércoles sobre Chequia, con un marcador de 3-0 y que muchos califican como la mejor en años, el país ha vuelto a hablar de fútbol con esperanza y no con resignación. De pronto, las críticas que durante meses acompañaron al equipo quedaron en segundo plano y fueron sustituidas por una pregunta que hoy domina las conversaciones, las redes sociales y hasta las reuniones familiares: ¿Y si, sí?

 

La frase no nació como un eslogan oficial de la Federación Mexicana de Fútbol. Su origen se encuentra en publicaciones espontáneas de aficionados, creadores de contenido y comentaristas deportivos que comenzaron a utilizarla como una forma de desafiar el pesimismo histórico que ha acompañado al Tricolor. La expresión se volvió viral precisamente porque resume el sentimiento de millones de mexicanos: sabemos que el reto es enorme, pero, ¿y si esta vez la historia es diferente?.

 

Y es que el fútbol tiene esa capacidad única de reconciliar a un país consigo mismo. México podrá debatir durante todo el año sobre el manejo de la Liga MX, la multipropiedad, las decisiones de los directivos, la falta de ascenso y descenso o las oportunidades para los jóvenes talentos. Sin embargo, cuando llega un Mundial, todo cambia. La camiseta verde vuelve a convertirse en un símbolo nacional capaz de reunir generaciones enteras frente a una pantalla.

 

No existe otro acontecimiento deportivo que provoque semejante fenómeno social. Las calles se pintan de verde, blanco y rojo; los restaurantes y plazas públicas se convierten en improvisadas tribunas; familias enteras detienen su rutina durante noventa minutos. El Mundial deja de ser solamente un torneo de fútbol para transformarse en un espacio de identidad colectiva.

 

Los mexicanos sabemos celebrar. Lo hacemos con creatividad, con humor, como el grito de “quiere volar, quiere volar”, agarran a una persona y la avientan al aire entre varios, con música y con una pasión difícil de igualar. Durante unas horas desaparecen las diferencias políticas, económicas o sociales. Se olvidan, aunque sea momentáneamente, la violencia, la incertidumbre económica y las preocupaciones cotidianas. El balón consigue algo que muy pocas cosas logran: unir a millones de personas bajo una misma emoción.

 

 

 

Claro que la prudencia también tiene su lugar. La historia mundialista de México ha estado marcada por grandes actuaciones seguidas de dolorosas eliminaciones. La experiencia invita a no dar nada por sentado. Pero tampoco se puede condenar a una afición a vivir permanentemente desde el escepticismo. La ilusión también forma parte del deporte.

 

Quizá el verdadero triunfo de esta Selección no sea únicamente haber ganado un partido. Su mayor victoria ha sido recuperar la confianza de una afición que llevaba mucho tiempo sintiéndose distante del equipo nacional. Hoy los niños vuelven a ponerse la camiseta con orgullo, los adultos vuelven a discutir alineaciones con entusiasmo y el país entero vuelve a imaginar escenarios que hace apenas unas semanas parecían imposibles.

 

Porque al final, el deporte vive precisamente de eso: de desafiar los pronósticos.

 

Y si esta generación logra romper las barreras históricas, será inolvidable. Pero incluso si el camino termina antes de lo esperado, ya consiguió algo que parecía perdido: hacer que millones de mexicanos vuelvan a creer.

 

¿Y si, sí? Quizá esa pregunta sea, por ahora, la mayor victoria del fútbol mexicano. 

 

Porque los grandes logros de la historia siempre comenzaron exactamente igual: con alguien que se atrevió a creer cuando casi nadie lo hacía.

 

Bien dijo el Chicharito: Imaginémonos cosas chingonas.

 

Buen fin de semana, la frase: Las ideas se roban, el talento… jamás. ¡Ánimo!

 

Desde mi escritorio:El Mundial de los contrastes

Héctor Reyes 

El Mundial 2026 ha comenzado exhibiendo una serie de contrastes que reflejan no sólo los desafíos de organizar el evento deportivo más importante del planeta, sino también algunas de las contradicciones de la vida pública nacional.

 

Desde los días previos a la inauguración, las alertas estuvieron encendidas. Las fuertes lluvias registradas en la capital provocaron inundaciones, afectaciones al transporte público y complicaciones de movilidad para miles de asistentes. A ello se sumaron advertencias por posibles manifestaciones sociales en las inmediaciones del estadio y los inevitables congestionamientos viales que acompañan a cualquier evento de esta magnitud. 

 

La historia se repitió en distintos puntos de Norteamérica. Problemas de transporte en Miami dejaron a cientos de aficionados sin poder ingresar a tiempo a los encuentros; en otras sedes, las tormentas obligaron a modificar actividades y cerrar espacios para aficionados. El Mundial de 2026 ha demostrado que la logística es tan importante como el fútbol mismo.

 

Pero quizá el hecho más comentado en México fue la ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum durante la ceremonia inaugural. Días después, la mandataria explicó que no acudió porque consideró excesivos los costos de los boletos y sostuvo que su gobierno no necesita “codearse arriba” para estar cerca del pueblo. 

 

La explicación puede resultar válida para algunos sectores, pero el debate trasciende el tema de un asiento en el estadio. La inauguración de una Copa del Mundo no es solamente un partido de fútbol; es un acto de representación nacional. En 1970, el presidente Gustavo Díaz Ordaz estuvo presente durante el arranque del torneo que colocó a México como pionero del fútbol global. En 1986, el gobierno encabezado por Miguel de la Madrid también hizo acto de presencia en una ceremonia que buscaba mostrar la recuperación del país tras la crisis económica y el terremoto de 1985. 

 

Por ello, la ausencia presidencial en 2026 podría convertirse en un capítulo singular dentro de la historia de los mundiales celebrados en territorio mexicano, porque quizá ya no se vuelva a ver esta justa deportiva en nuestro país, en muchos años. 

 

No se trata de una obligación protocolaria, sino de un símbolo. Cuando un país organiza un evento de esta magnitud, el jefe de Estado suele fungir como anfitrión ante millones de espectadores alrededor del planeta. La imagen que quedó fue la de una presidenta celebrando a distancia, mientras el escenario principal se desarrollaba en otro sitio.

 

Mientras tanto, dentro de la cancha el espectáculo apenas comienza. Fuera de ella, ya se escriben las historias que permanecerán en la memoria colectiva: las lluvias, las protestas, los problemas de movilidad, los precios elevados y la inédita ausencia de la Presidenta en la última inauguración mundialista realizada en suelo mexicano, la cual decidió no ocupar el lugar que tradicionalmente había correspondido a los presidentes de México.

 

Tal vez dentro de algunos años recordemos quién levantó la copa. Pero también es probable que este Mundial sea recordado como el torneo de los contrastes: el de la organización histórica y las complicaciones modernas; el de la fiesta global y los problemas locales; donde México como país anfitrión, volvió a hacer historia.

 

Porque los mundiales no sólo se juegan en la cancha. También se juegan en el terreno de los símbolos. Y en ese partido, la ausencia también comunica.

 

Buen fin de semana, la frase: La vida tiene dos caras, elige la mejor. ¡Ánimo!

 

Desde mi escritorio: Morena y el costo político por los escándalos que cercan a sus gobernadores

Héctor Reyes

La llamada Cuarta Transformación enfrenta uno de los momentos más complejos desde su llegada al poder. Mientras Morena se prepara para las batallas electorales de los próximos años, una serie de señalamientos y controversias que involucran a gobernadores emanados de sus filas han colocado al partido en una posición incómoda ante la opinión pública.

El caso más delicado es el de Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia de Sinaloa, quien fue señalado por autoridades estadounidenses en una investigación relacionada con presuntos vínculos con el narcotráfico. Las acusaciones han generado una intensa controversia política y diplomática entre México y Estados Unidos, además de abrir un nuevo frente de desgaste para el partido gobernante. Rocha Moya ha rechazado los señalamientos, mientras el gobierno mexicano ha cuestionado la actuación de las autoridades norteamericanas. Sin embargo, el daño político ya está hecho. 

A esta crisis se suman los casos de los gobernadores de Sonora y Tamaulipas, Alfonso Durazo y Américo Villarreal, respectivamente, quienes han enfrentado versiones periodísticas y señalamientos relacionados con presuntas investigaciones por posibles vínculos con actividades ilícitas. Ambos mandatarios han negado cualquier irregularidad, pero, como cita el diario español El País, la polémica escaló después de que trascendiera información sobre restricciones migratorias impuestas por Estados Unidos a diversos funcionarios mexicanos. 

Más allá de la veracidad o no de cada acusación, Morena enfrenta un problema de percepción pública. Durante años, el partido construyó gran parte de su narrativa alrededor del combate a la corrupción y de la promesa de una nueva forma de hacer política. Hoy, esa bandera se encuentra sometida a una dura prueba.

Los efectos comienzan a reflejarse en los estudios de opinión. La encuesta más reciente de Enkoll para El País y W Radio reportó una aprobación presidencial de 68 por ciento para Claudia Sheinbaum, una caída de siete puntos respecto a marzo, la disminución más pronunciada desde el inicio de su mandato. Aunque la mandataria mantiene niveles de respaldo elevados, el descenso coincide con la crisis política generada por los casos de Sinaloa y otros conflictos recientes. 

Incluso, el mismo estudio señala que una mayoría de los encuestados considera creíbles las acusaciones formuladas por autoridades estadounidenses contra Rocha Moya, un dato que revela el impacto que estos escándalos han tenido en la percepción ciudadana.

Para Morena, el verdadero desafío no radica únicamente en responder a las acusaciones, sino en evitar que la narrativa de los presuntos vínculos entre políticos y grupos criminales termine contaminando la imagen de todo el movimiento. La oposición ya ha encontrado un tema de alto impacto para cuestionar la credibilidad del partido gobernante, mientras que la dirigencia morenista enfrenta la obligación de ofrecer explicaciones claras y contundentes.

La política suele castigar con severidad las dudas. Y cuando las sospechas alcanzan a figuras de alto nivel, el costo puede extenderse mucho más allá de los involucrados. Los acontecimientos de las últimas semanas han demostrado que ningún proyecto político es inmune al desgaste cuando la sombra de la corrupción, la impunidad o el crimen organizado comienza a aparecer en el horizonte.

La pregunta que hoy enfrenta el partido en el poder no es únicamente si logrará superar esta crisis. La verdadera interrogante es cuánto capital político estará dispuesto a sacrificar para defender a sus cuadros más cuestionados.

Buen fin de semana, a votar este domingo. La frase: “Cuando solo te quejas, se debilita tu mente. No entrenes tu cerebro para ver sólo lo negativo”. ¡Ánimo!

X:_hreyes

 

Desde mi escritorio: Los rostros de México en el mundial: la fiesta en la cancha, el caos en las calles

Héctor Reyes

México volvió a hacer historia. Por tercera ocasión, el legendario Estadio Azteca -hoy denominado Estadio Ciudad de México- fue sede de una inauguración mundialista, un hecho sin precedentes en la historia de la Copa del Mundo. Sin embargo, detrás de la fiesta futbolística, la jornada inaugural del Mundial 2026 dejó al descubierto una serie de contrastes que evidenciaron las asignaturas pendientes del país anfitrión.

Mientras millones de personas observaban al mundo poner los ojos sobre México, miles de aficionados enfrentaban una auténtica carrera de obstáculos para llegar al estadio. Operativos especiales, cierres viales, restricciones en el transporte público, filtros de seguridad y accesos limitados complicaron el arribo de los asistentes. A ello se sumaron diversas manifestaciones sociales y sindicales en distintos puntos de la capital, particularmente las relacionadas con la CNTE y otros colectivos, que obligaron a reforzar los operativos de movilidad y seguridad en las inmediaciones del inmueble mundialista.

Como si ello no fuera suficiente, las lluvias que azotaron la Ciudad de México durante la jornada pusieron nuevamente en evidencia la vulnerabilidad de la infraestructura urbana. Las precipitaciones provocaron afectaciones a la circulación vehicular, complicaciones en distintos sistemas de transporte y retrasos para miles de personas que intentaban desplazarse hacia el estadio o regresar a sus hogares. El Mundial llegó, pero también llegaron los viejos problemas que cada temporada de lluvias exhiben las limitaciones de la capital del país.

Pero quizás el contraste más llamativo se produjo fuera de la cancha. Mientras la afición abarrotaba las tribunas y las calles cercanas al estadio, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, decidió no asistir al partido inaugural. La mandataria optó por seguir el evento desde espacios alternativos preparados por el gobierno, lejos del principal escenario donde se desarrollaba el acontecimiento deportivo más importante del planeta. Su ausencia resultó inevitablemente simbólica.

La decisión adquiere una dimensión histórica. Diversos reportes señalan que es la primera ocasión en que un jefe de Estado de un país anfitrión no asiste a la inauguración de una Copa del Mundo. Mientras México presumía al mundo el honor de albergar por tercera vez una ceremonia inaugural mundialista, su máxima autoridad política optaba por mantenerse alejada del recinto donde se desarrollaba el acontecimiento.

Las explicaciones oficiales hablan de un gesto de cercanía con quienes no pudieron acceder a un boleto y de la intención de ceder su lugar a una joven mexicana. Sin embargo, el simbolismo político permanece. En momentos donde el país buscaba proyectar unidad, liderazgo y capacidad organizativa ante miles de millones de espectadores, la imagen que quedó fue la de una presidencia distante del escenario principal y refugiada en espacios controlados por el propio gobierno.

La inauguración del Mundial 2026 mostró dos rostros de México. El de la pasión futbolera, la historia y la capacidad de convocar al mundo alrededor del deporte. Pero también el de los problemas de movilidad, las protestas sociales, las afectaciones urbanas provocadas por las lluvias y una clase política de la 4T que, en el momento de mayor exposición internacional, decidió observar la fiesta desde la distancia.

El balón comenzó a rodar. La pregunta es, si las lecciones que dejó esta jornada inaugural tendrán la misma repercusión que los goles que se marcarán durante el torneo…

Buen fin de semana, la frase: “Nunca hables de lo que no sabes”.

X:_hreyes

Desde mi escritorio: El pase turístico de NL: una medida improvisada

Héctor Reyes 

El llamado “pase turístico” que impulsa el gobierno de Nuevo León, que preside Samuel García Sepúlveda, vuelve a colocar sobre la mesa una vieja discusión en México: ¿hasta dónde puede llegar un gobierno estatal en nombre de la movilidad, la seguridad o el control vehicular sin vulnerar derechos constitucionales?, legalmente ¿está permitido?.

La propuesta, que pretende obligar a los automovilistas con placas foráneas a tramitar un permiso para circular por Nuevo León, particularmente en la zona metropolitana de Monterrey, ha despertado una ola de cuestionamientos no solamente entre ciudadanos de estados vecinos como Coahuila, sino también entre legisladores y especialistas en derecho constitucional.

Aunque el gobierno estatal ha intentado presentar la medida como un mecanismo de ordenamiento vial y control vehicular rumbo al Mundial FIFA 2026, la realidad es que miles de personas que diariamente se trasladan entre Saltillo y Monterrey por trabajo, estudios, atención médica o negocios, ven esta iniciativa como una barrera burocrática innecesaria. 

La principal preocupación radica en el posible choque de esta medida con el Artículo 11 de la Constitución Mexicana, el cual establece que toda persona tiene derecho a transitar libremente por el territorio nacional sin necesidad de cartas de seguridad, pasaportes o requisitos semejantes. Precisamente por ello, diversas voces han advertido que un “permiso” para ingresar o circular en un estado podría abrir un precedente delicado para el federalismo y las libertades individuales.

No es casualidad que la inconformidad haya crecido rápidamente en entidades vecinas. En Saltillo, ciudadanos entrevistados por medios regionales rechazaron la medida al considerar que afecta directamente su vida cotidiana, especialmente porque la relación económica y laboral entre Coahuila y Nuevo León es prácticamente metropolitana. 

A ello se suma otro punto preocupante: hasta ahora no han quedado claras las sanciones para quienes no tramiten el pase, ni tampoco el sustento jurídico completo que permita justificar una medida de esta naturaleza. Lo único que se ha adelantado es que el permiso sería digital, gratuito y condicionado a contar con licencia, seguro y pagos vehiculares vigentes. 

El problema de fondo es político y social. Nuevo León ha construido durante décadas una imagen de motor económico del norte del país gracias precisamente a la apertura comercial, industrial y laboral con estados vecinos. Imponer filtros administrativos a quienes llegan de otras entidades manda una señal equivocada: la de un estado que comienza a cerrarse sobre sí mismo.

Más allá de la intención gubernamental de mejorar la movilidad o reforzar controles, la medida corre el riesgo de convertirse en un instrumento recaudatorio, discrecional o incluso de hostigamiento para automovilistas foráneos. Y en un país donde históricamente las revisiones vehiculares han sido señaladas por abusos y corrupción, el temor ciudadano no resulta exagerado.

La movilidad metropolitana entre Monterrey, Saltillo y otras ciudades del noreste no puede entenderse bajo fronteras estatales rígidas. Miles de trabajadores, estudiantes y empresarios cruzan diariamente esas carreteras como parte natural de una dinámica regional integrada. Pretender regular ese flujo mediante permisos especiales parece más una medida improvisada que una solución de fondo a los problemas de tráfico y contaminación que enfrenta Nuevo León.

El debate apenas comienza, pero deja una advertencia importante: ningún objetivo administrativo debe colocarse por encima de los derechos constitucionales. Porque cuando un ciudadano necesita un permiso para circular libremente dentro de su propio país, la línea entre regulación y restricción comienza peligrosamente a desdibujarse.

Buen fin de semana, la frase: No hables, actúa. No digas, demuestra. No prometas, cumple. ¡Ánimo!

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